Armar un rompecabezas

A veces creemos que un proceso personal nos dará respuestas rápidas. Pero quizás se parezca más a abrir una caja llena de piezas y aprender, poco a poco, a descubrir la imagen que quieren formar.

Hace unos días me regalaron un rompecabezas.
Mientras abría la caja y veía las piezas desparramarse sobre la mesa, pensé que el proceso de armarlo se parecía mucho a los procesos personales que atravesamos cuando decidimos mirarnos un poco más de cerca.

Al principio suele aparecer la ilusión.

Muchas veces llegamos a un proceso personal con expectativas. Depositamos esperanza en la figura del counselor, en el espacio de encuentro y también en nosotros mismos. Creemos que, de algún modo, cada pieza va a encontrar rápidamente su lugar y que las respuestas que buscamos aparecerán casi mágicamente.

Pero cuando abrimos la caja… lo que encontramos es otra cosa.

Mil piezas desordenadas.
Fragmentos de colores.
Partes de una imagen que todavía no logramos comprender.

Y ahí aparece el caos.

No sabemos por dónde empezar.
Nos sentimos abrumados.
A veces incluso aparece la tentación de cerrar la caja y abandonar.

Sin embargo, si seguimos el proceso del rompecabezas, descubrimos que el primer movimiento no es armar… es ordenar.

Separamos las piezas.
Buscamos los bordes.
Agrupamos colores o formas que parecen pertenecer a la misma parte de la imagen.

En los procesos personales pasa algo parecido.
Primero necesitamos mirar lo que hay. Nombrarlo. Reconocerlo. Ver de qué está hecho nuestro mundo interno antes de intentar cambiar algo.

Y cuando finalmente elegimos por dónde empezar, suele ocurrir algo muy interesante.

Los primeros movimientos son erráticos.

Probamos.
Nos equivocamos.
Intentamos hacer encajar piezas que no corresponden.
Volvemos a mirar.

En el proceso personal también sucede así. Hablamos, pensamos, identificamos lo que sentimos, exploramos posibilidades. A veces algo encaja, otras veces no. Y eso no significa que estemos haciendo algo mal. Significa que estamos explorando la imagen.

Durante el camino aparecen distintas emociones. Entusiasmo, frustración, cansancio, curiosidad. No siempre tenemos ganas de seguir. A veces sentimos que avanzamos muy poco.

Ahí es donde la perseverancia se vuelve parte del juego.

No se trata de forzar las piezas, sino de confiar en que, poco a poco, la imagen empieza a revelarse. El espacio de proceso acompaña justamente esos momentos de darnos cuenta: cuando algo que antes no veíamos comienza a tomar forma.

Hay otro detalle del rompecabezas que me resulta revelador.

Cuando finalmente lo terminamos… el juego se acaba.

La imagen queda completa, pero el proceso ya pasó.

Por eso tal vez lo más valioso no sea llegar al final, sino habitar el recorrido. Prestar atención a lo que vamos descubriendo mientras las piezas se acomodan, a las preguntas que aparecen, a las partes de nosotros que empiezan a volverse más claras.

Tal vez los procesos personales se parezcan bastante a eso.

No se trata de resolvernos de una vez y para siempre.

Se trata de animarnos a abrir la caja, sentarnos frente a las piezas y empezar, con paciencia, a descubrir la imagen que poco a poco quiere mostrarse.


Para seguir reflexionando juntas:

  • ¿Qué piezas de tu vida hoy se sienten desordenadas?

  • ¿Hay algo que necesite primero ser mirado y ordenado antes de intentar “resolverlo”?

  • ¿Qué pasaría si confiaras un poco más en el proceso, incluso cuando todavía no ves la imagen completa?
    Fati














Te puede interesar
Accede con tu cuenta de devosydemi
¿Ya tenes cuenta?
Iniciar sesión
Cerrar X