Hola almita bella,
A veces creemos que un proceso debería ser siempre expansivo.
Que si no estamos avanzando, mostrando resultados o brillando hacia afuera, algo anda mal.
Pero con el tiempo empecé a entender algo distinto:
los procesos no son líneas rectas, son estaciones.
Hay momentos de invierno,
en los que la vida nos mete para adentro.
Todo parece más lento, más silencioso, más denso.
No es retroceso: es recogimiento.
Es la raíz fortaleciéndose en lo invisible.
Hay momentos de otoño,
en los que algo empieza a soltarse.
Caen hojas, se caen certezas, se caen versiones nuestras que ya no sostienen lo que somos hoy.
Duele, a veces confunde,
pero es una limpieza necesaria.
Después llega la primavera.
No siempre de golpe, no siempre con seguridad.
Empiezan las ganas de salir, de probar, de mostrar una parte nueva.
Todavía hay fragilidad, pero también esperanza.
Algo en nosotras dice: quiero volver al mundo.
Y hay momentos de verano.
Esos en los que nos sentimos plenas, vivas, alineadas.
Brillamos casi sin esfuerzo.
Disfrutamos lo que somos y lo que hacemos.
Todo parece tener sentido.
El problema no es estar en una estación u otra.
El problema es querer vivir el invierno con exigencias de verano,
o juzgar un otoño como si fuera un error.
Cada estación tiene su sabiduría.
Cada una pide algo distinto de nosotras.
Tal vez hoy no necesites hacer más.
Tal vez necesites escuchar.
O soltar.
O animarte a salir un poco.
O simplemente disfrutar sin culpa.
No estás atrasada.
No estás fallando.
Estás transitando un proceso.
Y como la naturaleza,
sabés exactamente cuándo volver a florecer.
Con amor,
Fati